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El Altar de los Silencios: El Origen de Tanatología Pachuca y la Promesa de un Adiós Digno

La historia fundacional de Tanatología Pachuca: de la crisis personal ante el cáncer de mama de una tía, a la creación de un equipo clínico especializado. La influencia de la Dra. Susana Lúa, la AMTAC y por qué la preparación profesional salva vidas en el umbral de la muerte.

⏱️ Tiempo de lectura: 12 minutos 📂 Categoría: Nuestra Historia

La muerte no es un muro, es una puerta que se cierra lentamente. Y en ese umbral, el acompañamiento no puede ser un susurro vacío ni un consejo de manual; debe ser una ciencia del alma. Tanatología Pachuca no nació en un aula, nació en el epicentro de un adiós que me desgarró las manos, en la habitación donde aprendí que ser psicóloga no bastaba si no sabía cómo mirar a los ojos al final de la vida.

El Olor a Medicina y a Miedo

Hay habitaciones que te cambian para siempre. No por su tamaño ni por su luz, sino por lo que ocurre dentro de ellas. La habitación de mi tía olía a desinfectante, a flores que nadie había pedido y a algo más difícil de nombrar: el tiempo contándose solo, sin que nadie pudiera detenerlo.

Ella tenía cáncer de mama. Un diagnóstico que al principio llegó como un susto manejable y que después, sin pedir permiso, se convirtió en sentencia. Yo era psicóloga clínica. Tenía títulos enmarcados, supervisiones académicas, años de escuchar historias de dolor ajeno desde el otro lado de un escritorio. Y sin embargo, sentada junto a su cama, con su mano dentro de la mía, descubrí que no sabía absolutamente nada.

No sabía cómo mirarla sin que ella viera mi miedo.
No sabía qué decir cuando el silencio pesaba más que cualquier palabra.
No sabía cómo acompañar a alguien que se estaba yendo, sin irme yo también.

Esa ignorancia fue el primer ladrillo de todo lo que vino después.

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La Psicóloga que No Sabía Morir

En mi desesperación, hice lo que hacemos los que nos formamos en clínica: busqué. Leí, consulté, llamé a colegas. Y en esa búsqueda me encontré con algo que me perturbó profundamente: el mercado de la tanatología en México estaba lleno de cursos de fin de semana, de certificados impresos en papel couché, de personas que prometían "acompañar el duelo" con dos días de formación y una vela aromática.

No lo digo con desprecio. Lo digo con alarma clínica.

Porque acompañar a alguien en el proceso de morir no es una habilidad que se adquiere en cuarenta horas. Requiere una estructura psíquica entrenada, una tolerancia al dolor que solo se construye con años de trabajo clínico supervisado, y una comprensión profunda de los mecanismos psicológicos que activan la negación, la ira, el miedo y la culpa, tanto en el paciente como en la familia.

Fue en ese camino de búsqueda donde encontramos el respaldo de la Asociación Mexicana de Tanatología A.C. (AMTAC) y de otros tanatólogos que, como nosotros, habían elegido este campo desde la seriedad y la vocación. No estábamos solos. Había una comunidad que también creía que la muerte merece el mismo rigor profesional que cualquier otra etapa de la vida.

Pero fue la Dra. Susana Lúa, una de nuestras mentoras más influyentes, quien nos dio algo que ningún libro podía darnos: una filosofía de presencia.

Recuerdo la primera vez que la escuché hablar sobre cómo acercarse a un paciente en fase terminal. Sus palabras fueron simples y devastadoras al mismo tiempo:

"Quítense las sandalias cuando entren a ver a un paciente terminal. Porque estar ahí es un honor. Ellos y sus familias nos están permitiendo acompañarlos en el momento más sagrado y más difícil de toda una vida."

— Dra. Susana Lúa

Esa imagen, quitarse las sandalias como señal de reverencia, se quedó grabada en todos nosotros. La Dra. Lúa nos enseñó que el tanatólogo no llega a resolver: llega a servir. Y que servir en ese umbral exige una preparación que va mucho más allá de los protocolos: exige presencia, respeto y una forma de ser que se nota hasta en cómo uno viste, cómo uno camina, cómo uno respira en esa habitación.

Nos insistió siempre en algo que parece sencillo pero que muy pocos practican: el cuidado en la forma de vestir, en el tono de voz, en cada gesto. No como vanidad, sino como lenguaje. Porque el moribundo lo lee todo. Y lo lee con una precisión que asombra.

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Lo que los Moribundos Saben y Nosotros Olvidamos

Aquí está el secreto que nadie te enseña en la facultad:

Los moribundos son completamente honestos.

Saben lo que les está pasando. Lo saben antes de que el médico se los diga, antes de que la familia encuentre las palabras, antes de que los números en el expediente lo confirmen. Y cuando confían en ti, te lo dicen directamente, sin rodeos, sin filtros sociales, sin el miedo al qué dirán que nos paraliza a los vivos.

Mi tía fue así. Desde el principio.

Un día, mientras yo acomodaba torpemente las flores en el florero intentando parecer tranquila, ella me dijo sin ningún preámbulo:

"Ya sé que me voy. No me expliques nada. Solo quédate."

Y me quedé. Y en ese quedarse aprendí más sobre el ser humano que en años de consultorio.

Ella me habló de sus arrepentimientos con una claridad que dolía. Me dijo que se arrepentía de no haber viajado. De haber postergado las cosas que amaba esperando "el momento correcto" que nunca llegó. De haberse preocupado tanto por el futuro que olvidó vivir el presente. De haber sufrido por miedos que nunca se materializaron y que le robaron años enteros de alegría.

"Si volviera a nacer, no perdería ni un solo día preocupándome por lo que aún no ha pasado."

Eso que me dijo mi tía no era una excepción. Con el tiempo, acompañando a otros pacientes, descubrimos que era casi una constante. La gran mayoría de las personas al final de su vida coinciden en las mismas palabras: no me cuidé, no me alimenté bien, no me permití disfrutar, gasté mi tiempo en miedos que no valían nada.

Es una lección que los moribundos llevan siglos intentando enseñarnos y que nosotros, los vivos, seguimos sin aprender.

Compartir esos momentos no es una carga. Es una bendición. Cada conversación al borde de la vida te regresa a ti mismo. Te recuerda qué es urgente y qué es solo ruido. Te enseña a ver al ser humano en su forma más desnuda y más auténtica: sin máscaras, sin agenda, sin tiempo que perder.

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La Promesa

Hubo una tarde, con la luz de Pachuca entrando sesgada por la ventana, en que mi tía me miró de una manera que no he podido olvidar. No era una mirada de miedo. Era una mirada de pregunta.

"¿Vas a estar bien tú?"

Ella. Preguntándome a mí.

En ese momento entendí algo que ningún manual había logrado enseñarme: el que acompaña también necesita ser acompañado. El que sostiene también necesita raíces. Y que si yo, con toda mi formación clínica, estaba a punto de derrumbarme, ¿qué le ocurría a las miles de familias que enfrentaban esto sin ninguna preparación, guiadas por personas sin ninguna base real?

Le tomé la mano con más fuerza y le hice una promesa en voz alta:

"Tía, no sé cuánto tiempo nos queda. Pero te prometo que no lo pasaremos a oscuras. Y te prometo que lo que estoy aprendiendo aquí contigo, no se va a quedar solo en mí."

Esa promesa fue el acta de nacimiento de Tanatología Pachuca. No nació en una sala de juntas. Nació en una habitación de hospital, en el epicentro de un adiós que me desgarró las manos y me rehízo por dentro.

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Un Modelo Diferente: Hasta el Lecho de Muerte

Cuando mi tía partió, el dolor no desapareció. Pero sí encontró dirección.

Busqué a otros psicólogos clínicos que compartieran mi indignación y mi propósito. Nos reunimos como quien arma una armadura pieza por pieza: especialistas en duelo complicado, expertos en cuidados paliativos, psicoterapeutas con formación profunda en pérdida y trauma. Personas que sabían, como yo, que para ayudar a alguien a morir con dignidad, primero hay que haber aprendido a sostener lo insostenible sin quebrarse.

Y construimos algo diferente.

No solo un consultorio. Un modelo de acompañamiento que no termina cuando el diagnóstico se vuelve terminal, sino que avanza junto al paciente y a su familia hasta el último momento. Hasta el lecho de muerte, si es necesario. Porque creemos, con convicción clínica y humana, que el proceso de morir también merece ser acompañado con presencia real, no con distancia administrativa.

Este modelo no excluye a nadie. Trabajamos con adultos mayores, con personas en etapa media de la vida y también con niños. Sí, con niños. Porque el duelo no respeta edades, y un niño que pierde a un padre, a una abuela, a un hermano, necesita herramientas adaptadas a su mundo: su lenguaje, sus juegos, sus miedos específicos, su forma de procesar lo que los adultos a veces ni siquiera podemos nombrar. Ignorar el duelo infantil no lo hace desaparecer; lo convierte en una herida que crece en silencio.

Aprendimos de la Dra. Susana Lúa, de la AMTAC, de Elisabeth Kübler-Ross, de William Worden y de Robert Neimeyer. Pero también aprendimos de cada paciente que nos permitió entrar a su habitación, de cada familia que confió en nosotros en el momento más vulnerable de su historia, y de cada moribundo que nos miró a los ojos y nos dijo la verdad sin adornos.

Hoy hemos acompañado a cientos de personas. A pacientes que lograron cerrar los ojos con serenidad. A familias que volvieron a sonreír sin traicionar a quien se fue. A hijos, cónyuges, madres que aprendieron que el duelo no es una enfermedad que curar, sino un proceso que habitar con dignidad.

Mi tía se fue. Pero cada vez que un paciente llega cargando el peso de una pérdida que no sabe cómo cargar, ella está ahí. En la metodología. En la escucha. En la promesa que le hice con su mano dentro de la mía.

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Nota Clínica Final

Para familias y personas en duelo

Lo que usted siente, sea ira, culpa, alivio o vacío, no es una señal de que algo está mal en usted. Es la respuesta natural de un ser humano ante la pérdida de alguien irreemplazable. El duelo no tiene forma correcta ni tiempo establecido. Y ocurre a cualquier edad: los niños también duelen, también necesitan ser escuchados, también merecen un acompañamiento que respete su manera de entender el mundo.

Si usted está atravesando una pérdida, o si alguien en su familia está en proceso de morir, sepa esto: no tiene que hacerlo solo. El acompañamiento profesional en tanatología no es un lujo ni un último recurso. Es una decisión de cuidado que puede cambiar radicalmente cómo se vive ese tránsito, tanto para quien se va como para quienes se quedan.

Para profesionales de la salud

La tanatología clínica exige formación sólida, supervisión continua y un trabajo personal profundo. Pero exige también algo que no siempre se nombra: una ética de la presencia.

Acompañar a un paciente terminal no es gestionar su caso. Es entrar a un territorio sagrado con humildad, con respeto y con la conciencia de que esa persona, en su última etapa, es completamente honesta. Sabe lo que le pasa. Te lo dice con claridad. Y merece que tú también seas capaz de recibirlo sin huir.

Como nos enseñó la Dra. Susana Lúa: quítate las sandalias antes de entrar. Recuerda que es un privilegio, no una obligación. Cuida tu presencia, tu vestimenta, tu tono, cada detalle, porque el moribundo lo lee todo y lo interpreta todo.

Y recuerda que lo que ellos nos enseñan, si sabemos escuchar, es la lección más importante que un ser humano puede recibir: el tiempo no vuelve, los miedos no valen lo que cuestan, y vivir plenamente cada día no es un ideal romántico. Es la única deuda real que tenemos con nosotros mismos.

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Fundamentos Científicos del Acompañamiento

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⚠️ Alerta importante sobre salud mental

Este artículo tiene fines informativos. No sustituye la atención profesional.

Siempre acude con un profesional de salud mental.

Psic Margarita Godínez

Psicólogo(a) clínico(a) con cédula profesional activa · Equipo de Tanatología Pachuca, Pachuca, Hidalgo.
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